Hay territorios que no necesitan presentación y que, aun así, siguen sin contarse bien.
Asturias es uno de ellos.
Lo conocemos como el paraíso natural, como la tierra de la sidra y el cachopo, como el lugar donde llueve demasiado para que le importe lo que piensen de ella. Pero hay una Asturias menos visible que lleva generaciones haciendo algo extraordinario: productores que curan, ahuман, fermentan y destilan con una paciencia que el mercado moderno lleva décadas intentando convencerlos de que abandonen. Y que no han abandonado.
Cuando empezamos a trabajar en la selección de agosto, no buscábamos un territorio concreto. Buscábamos un tipo de producto: el que tarda tiempo en estar listo, el que no se puede acelerar, el que exige que alguien apueste por él aunque el margen sea pequeño. Y todos los caminos llevaban al norte.
Queseros en los Picos de Europa que curan sus piezas en cuevas naturales. Sidreros en Villaviciosa que no filtran su producto porque entienden que lo turbio es parte de la honestidad. Ahumadores en Tineo que siguen usando madera de roble porque así lo hacía su padre y porque el resultado no admite atajos.
No elegimos Asturias porque estuviera de moda. La elegimos porque cuando llegamos, nos costó irnos.
Eso es lo que intentamos trasladar a cada selección: el peso de haber estado allí, de haber conocido a las personas, de haber probado los productos en su contexto antes de meterlos en una caja y enviártelos a casa.
La selección de agosto llega con ocho productos artesanos del norte verde. Con sus historias, sus recetas y una lista musical para que el momento dure un poco más.
